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La pintura como herramienta de cambio social

La pintura, además de modificar la percepción de los espacios, ampliar, iluminar o proteger, también tiene el poder de transformar comunidades.

Tirana, capital de Albania. Después de 40 años de dictadura, cayó en una difícil situación de aislamiento que afectó gravemente a su economía y a su sociedad. Una de las primeras medidas que tomó el recién elegido alcalde en el año 2000, fue contratar a un equipo de pintores para que modificara el aspecto de aquella ciudad. Las fachadas, sombrías y algunas medio derruidas, fueron cubiertas con colores fuertes y llamativos como naranjas, verdes, fucsias o amarillos. Según explica el entonces alcalde y hoy primer ministro del país, Edi Rama, la rehabilitación de espacios públicos revivió el sentimiento de pertenencia que se había perdido en los años de conflicto. La pintura en los edificios cambió el estado de ánimo de la población. La gente empezó a pagar impuestos, cayeron las tasas de criminalidad y los ciudadanos dejaron de tirar basura en las zonas pintadas. La belleza de los edificios generó un sentimiento de protección que transformó el espíritu de sus ciudadanos.

No ha sido la única comunidad que ha utilizado la pintura como una poderosa herramienta para el cambio social. El uso de la pintura en barrios marginales de algunas ciudades han hecho que estas se conviertan en urbes más cohesionadas, habitables, seguras y sostenibles. Es el caso de una famosa favela de Río de Janeiro, conocida por sus frecuentes tiroteos. En 2005, dos artistas holandeses iniciaron un proyecto para embellecer el desolado barrio a través de la pintura. Cinco años después regresaron para entrenar a 25 jóvenes residentes para que cubrieran de color 34 edificios y transformaran el aspecto descuidado del paisaje. Los habitantes del barrio se implicaron, participaron, uniendo a muchos de ellos en un proyecto común que impactó muy positivamente en su convivencia. En los últimos años, la favela ha pasado de ser un lugar inhóspito que solo frecuentaban sus vecinos a atraer el interés de los turistas.


A una escala mucho menor, pero también ejemplificando lo poderosa que puede llegar a ser la pintura, encontramos a Júzcar, un pequeño pueblo cerca de Málaga que sufrió una auténtica transformación al ser elegida por la compañía Sony para rodar la película de Los Pitufos. Todos los vecinos aceptaron cambiar los colores de las paredes de sus casas al color azul. El hecho de pintar el pueblo cambió radicalmente el modelo económico de la zona, creó muchos puestos de trabajo y favoreció el nacimiento de nuevos negocios a la par que crecía el turismo. No es la única localidad a la que los turistas acuden atraídos por el colorido de sus fachadas: Wrocklaw, en Polonia, Manarola o la isla de Procida en Italia, Valparaíso en Chile o Guanajuato en México son uno pocos ejemplos en los que el color de sus fachadas ejerce como imán para el turismo y motor de su desarrollo económico.

 

 

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